domingo, 26 de diciembre de 2010

19. ¿Vivimos en un simulacro?



Vivimos en un mundo cruel. Por doquier encontramos hambrunas, enfermedades, guerras y desolación. Pero, frente a escenarios tan deprimentes, muchas veces los seres humanos logramos escapar y refugiarnos en nuestra imaginación. Así, creamos mundos alternos con condiciones de vida muy distintas a las que nos enfrentamos diariamente. Probablemente los orígenes del teatro se remonten a estas tendencias: en la dramatización, se crea un mundo aparte.

Algunas personas estás más imbuidas que otras en estos mundos ficticios, pero el hecho es que casi todas las personas participan alguna vez en algún simulacro. Los infantes tienen todo tipo de juegos, pero los más comunes son los juegos de simulación. Los niños pretenden ser adultos que desempeñan funciones. A veces juegan a los ladrones y policías, otras veces pretenden ser médicos, deportistas, etc.

Antaño, estas tendencias lúdicas se disipaban en la adolescencia. Pero, gracias a la tecnología de la cual hoy disfrutamos, muchos adultos conservan la posibilidad de participar en simulacros y vivir experiencias en mundos virtuales. Abundan videojuegos en los que el participante puede acercarse a vivir la experiencia de ser el presidente de una nación poderosa, un futbolista aclamado, o para gustos más picantes, el amante de una mujer voluptuosa.

Si bien el simulacro siempre ha estado presente en las actividades humanas, pareciera que hoy como nunca antes, uno de las grandes fuentes de entretenimiento en la sociedad industrial es la participación en la vida virtual. Si bien los niños juegan al ladrón y al policía, la mayoría sabe distinguir entre la simulación y la realidad. Lo mismo puede decirse de los adultos: algunas personas pueden pasarse ocho horas al día participando en un simulacro computarizado, pero la mayoría sabe distinguir bien entre lo virtual y lo real.

No obstante, a veces hemos estado en duda. ¿Podría ser posible que alguna guerra reciente (como, por ejemplo, la del Golfo Pérsico) en realidad haya sido un montaje televisivo? ¿Cómo podemos estar seguros de que el hombre realmente llegó a la luna, y no se trató de un mero simulacro?

Probablemente sí hubo una guerra real en el Golfo Pérsico, y más aún, es casi seguro que el hombre sí llegó a la luna. Pero, esto debería conducirnos a una pregunta de mayor amplitud: ¿es posible que, en este momento, vivamos en un simulacro? Quizás, nuestros cuerpos están almacenados en una bóveda, y estamos siendo sometidos a vivir un gran simulacro. Si esto fuera así, nuestras experiencias no serían reales. Nuestros amigos y familiares no existirían; no haríamos realmente ninguna actividad que nosotros creemos hacer. Todo sería un gran espacio virtual sin que nosotros nos enteremos de ello. Nosotros creeríamos vivir nuestras vidas, cuando en realidad, estamos en una bóveda.

Sin duda, todo esto es posible, pero solemos asumir que es poco probable. No obstante, quizás haya motivos para pensar que no sólo es meramente posible, sino también probable. Podemos asumir que la humanidad tiene altas probabilidades de llegar a una etapa tecnológica en la cual será posible instrumentar realidades simuladas, al punto de eliminar la distinción entre realidad y virtualidad. También podemos asumir que los seres humanos tendrían interés en llevar a cabo simulacros como el que estamos considerando. Pues bien, si eso es así, entonces la implicación pareciera ser que es muy probable que ya estamos insertos en ese simulacro. Pues, así como muchas personas participan en juegos que simulan vivir en antiguas civilizaciones, las civilizaciones tecnológicamente avanzadas del futuro podrían simular vivir como sus ancestros del siglo XXI.

Así, pareciera que debemos aceptar como verdadera al menos una de las siguientes tres premisas: 1) los seres humanos no tienen la capacidad tecnológica para llegar a una era de simulacro total; 2) los seres humanos no tienen interés en emprender simulacros; 3) vivimos actualmente en un simulacro. A simple vista, pareciera que las dos primeras premisas no son verdaderas (es decir, sí tenemos el potencial de desarrollar simulacros totales, y sí tenemos el interés de participar en ellos). Puesto que las primeras dos premisas no son verdaderas, entonces tendríamos que aceptar la tercera; a saber, que vivimos en un simulacro.

Por supuesto, este argumento debe asumirse con cautela. Quizás la humanidad se extinga antes de alcanzar la capacidad de construir un simulacro total. Quizás, sencillamente, la humanidad pierda interés en los simulacros. Pero, de nuevo, si la humanidad sí alcanza el potencial tecnológico, y mantiene el interés en el simulacro total, entonces podemos considerar probable (y no meramente posible) que actualmente vivimos en un mundo virtual. ¿Cuán probable? No hay manera de saberlo, pero vale insistir en que es un escenario que debemos considerar seriamente.

Supongamos que, en efecto, vivimos en un gran simulacro. ¿Qué sentido tiene continuar nuestra existencia, si nada de lo que vivimos es real? A decir verdad, en el caso de que vivamos en un simulacro, lo más conveniente sería seguir viviendo como hasta ahora lo hemos hecho. Puesto que ese simulacro sería tan poderoso que ni siquiera nosotros mismos sabríamos que estamos insertos en él, podemos vivir como si ese mundo virtual fuese real, a pesar de que no abandonamos la contemplación de la probabilidad de que, en efecto, vivimos en un simulacro.

sábado, 25 de diciembre de 2010

18. ¿Por qué los oprimidos tardan en rebelarse?



Rico McRico vive rodeado de mayordomos, lujos y comodidades. Tiene todas sus necesidades materiales resueltas en la vida, y no dedica ningún esfuerzo a su trabajo, pues los negocios que le dejó su padre marchan por sí solos. Por su parte, Pablo Pueblo trabaja en la fábrica cuyo propietario es Rico. Pablo trabaja catorce horas al día arduamente, sólo alcanza a comer dos veces al día, y casi no tiene tiempo de ver a su familia. Rico vive en una mansión, Pablo vive en una chabola. Rico se perfuma con aromas; Pablo queda hediondo a carburo, y no tiene muchas oportunidades de bañarse, pues su acceso al agua es precario. Pablo, en otras palabras, es un oprimido.
Por regla general, los oprimidos son mayoría, y los opresores son minoría. En ocasiones, los opresores han afianzado el control de los medios represivos y el aparato armamentístico, de manera tal que existen pocas posibilidades de que los oprimidos se rebelen. Pero, en otras ocasiones (quizás la mayoría de las veces), si los oprimidos se organizan y acuden a una unión con otros oprimidos, tendrían la capacidad de rebelarse y forzar a transformar las condiciones sociales a su favor. De hecho, así ha ocurrido en muchas ocasiones en la historia: las grandes revoluciones sociales obedecen a esta dinámica.
Pero, también sorprende ver cómo muchas veces los oprimidos tienen el potencial de emprender una rebelión con éxito, y aún así no lo hacen. Seguramente, en la fábrica en la cual trabaja Pablo, hay mucha gente oprimida como él. Si Pablo y sus compañeros formaren un sindicato, probablemente lograrían presionar a Rico McRico para mejorar sus condiciones de trabajo y repartir de forma más equitativa la ganancia que se genera.
¿Qué detiene a Pablo y sus compañeros de rebelarse en contra de Rico McRico, o al menos, de buscar la iniciativa para formar un sindicato? Si bien a nosotros nos puede resultar muy evidente que Pablo está siendo oprimido, quizás el mismo Pablo no esté consciente de ello, o al menos, no se cree suficientemente oprimido como para rebelarse. En ese caso, la opresión ha alcanzado tal nivel, que paradójicamente, pasa desapercibida frente al mismo oprimido. Pablo estaría así alienado: ha renunciado a su propio bienestar y el de su familia, a favor del bienestar de su opresor, y si bien sufre mucho por ello, no da señales de desear que la situación cambie.
Con esto, Rico McRico ha afianzado su posición de dominio. Pero, ¿cómo logró Rico McRico que Pablo quedase alienado? Pues bien, seguramente el grupo de personas acomodadas como Rico McRico se ha asegurado de que toda la sociedad acepte algunas ideas que aseguran que los oprimidos no se rebelen.
En primer lugar, McRico y sus socios han logrado forjar unas leyes que claramente los beneficia en el sistema de opresión. Es verdad que hoy las leyes exigen que los trabajadores sean proveídos con condiciones más o menos dignas de trabajo. Pero, ninguna ley prohíbe a Rico McRico ganar cien veces más que Pablo Pueblo en la fábrica. De esa manera, Rico McRico consigue legitimar su opresión mediante un aparato legal que lo favorece.
La educación es otro gran instrumento para suprimir la rebelión de los oprimidos. En la medida en que a los niños se les enseña desde muy temprano que en el mundo hay personas que nacieron para ser ricas y privilegiadas, y otras para ser pobres y excluidas, las condiciones sociales se mantendrán intactas. Seguramente Pablo y sus compañeros no se han planteado una rebelión porque sus padres y maestros, por los cuales han sentido amor y simpatía, siempre les enseñaron que deben trabajar sin protestar y obedecer al capataz.
La religión también ocupa un lugar en esto. Al asegurar a los creyentes que quienes hayan sufrido pacientemente en esta vida serán recompensados en la próxima, los oprimidos optan por no rebelarse, con la esperanza de que, en el más allá, su condición mejore. Frente a la opresión, la religión sirve como una suerte de opio para los oprimidos, que los mantiene dopados para distraerse frente a las adversidades, pero que a la vez les impide tomar acciones para transformar la sociedad y mejorar sus condiciones.
Incluso, el arte y el entretenimiento parecen ser aún otros instrumentos de los cuales se han valido Rico McRico y sus socios para asegurar su posición y mantener contenidos a los oprimidos. Sirve de mucho entretener a las masas con pan y circo, a fin de que olviden sus precarias condiciones de vida. Y, en la medida en que el arte exprese sublimidades, las masas contempladoras se verán imbuidas de esa sublimidad y, de nuevo, se mantendrán dormidas frente a la opresión. Los pormenores de un juego de fútbol o de un concierto de música rock pueden fácilmente distraer la atención respecto a las asambleas sindicales o los convenios colectivos de trabajo.
No obstante, valen dos advertencias. En primer lugar, probablemente Rico McRico no sea un genio perverso que calculó fríamente el contenido del derecho, la educación, la religión o el arte de su sociedad a fin de explotar a Pablo Pueblo. Lo más probable es que el derecho, el arte, la religión y la educación se fueron imponiendo gradualmente, sin que nadie así lo planificara deliberadamente. Y, en segundo lugar, no conviene afirmar que el único motivo por el cual la religión, el derecho, el arte o la educación han adquirido sus características especiales sea debido a su provecho para mantener dormidas a las masas. Éste sería apenas uno entre muchos otros factores.

viernes, 24 de diciembre de 2010

17. ¿Cuál es el sentido de la vida?




Cuenta una antigua leyenda que los dioses castigaron a un hombre con un suplicio terrible: todos los días, este hombre tenía que llevar una piedra pesadísima hasta la cumbre de una colina. Al llegar a la cumbre, la piedra rodaría hasta abajo. El hombre tendría que descender de la colina, y volver a llevar la piedra a la cumbre. Nuevamente, la piedra rodaría hasta abajo, y así sucesivamente.
Tratemos de imaginar el suplicio de este hombre: sin duda, es una condena terrible. No importa cuánto esfuerzo aplique en subir la piedra, no importa cuál tecnología emplee para llevar la piedra hasta la colina, la piedra rodará hasta abajo nuevamente. La vida de este hombre perdió todo su sentido, pues estuvo condenado a repetir una y otra vez la misma tarea. Quizás, si tuviese una pistola a su disposición, este hombre haría bien en suicidarse: con eso, acabaría con el tedio de una vida absurda condenada a esforzarse a subir una roca, sólo para encontrarse que ésta regresa al lugar inicial.
Pero, antes de sentir demasiada compasión por este hombre, consideremos que nosotros no estamos en una situación muy distinta. Diariamente emprendemos actividades que, al analizarlas, muchas veces cuesta encontrarle su sentido. Muchas de estas actividades son claramente banales, como por ejemplo, el coleccionar barajitas o el ir a un centro comercial y comprar regalos de navidad. Pero, inclusive otras actividades que, a simple vista no resultan banales, pueden también resultar sin sentido. ¿Cuál es el sentido de levantarse temprano en la mañana para ir al trabajo? ¿Cuál es el sentido de criar a los hijos? ¿Cuál es el sentido de tratar de salvar el planeta de la contaminación?
En fin, ¿cuál es el sentido de la vida? ¿Por qué no suicidarse? La mayoría de las personas que se suicidan lo hacen porque no encuentran sentido a seguir viviendo. Pues bien, para evadir el suicidio, debemos intentar encontrar algún sentido a nuestra existencia.
Algunas personas han creído encontrar ese sentido en Dios y la vida eterna. Según este criterio, al reconocer que nuestra existencia es finita y temporal, todo carece de sentido. Da igual levantarse temprano o no para ir al trabajo; después de todo, ese trabajo se acabará algún día. Da igual cuidar la salud o no; después de todo, de algo hay que morirse en esta vida. Da igual criar a los hijos o no; después de todo, éstos también van a morir. Da igual cuidar el planeta o no; después de todo, el sol colapsará en cinco billones de años. No importa si todo se acabará en cinco minutos, o en diez billones de años, el hecho de que efectivamente todo llegará a su fin, hace a nuestra vida absurda.
Dios y la vida eterna nos garantizan el sentido a la vida. Pues, al tener una garantía de que nuestras acciones perdurarán en el tiempo, éstas ya no resultan absurdas. Con Dios y la vida eterna, hay una motivación para vivir. Pues, presumiblemente, asumimos la misión de cumplir los mandamientos divinos y conservar la esperanza de estar a su lado en algún momento. Al contemplar la existencia de Dios, fomentamos el sentimiento de que no estamos solos en el universo, y esto nos brinda satisfacción en nuestra vida diaria.
Ciertamente esto funciona para muchas personas. Pero, la existencia de Dios y la vida después de la muerte están lejos de ser evidentes. Algunas personas postulan que, aun en el caso de que Dios no existiera, habría que inventarlo para poder encontrar sentido a la vida. Pero, también hay espacio para colocar esto en duda.
Quizás el sentido de la vida está precisamente en asumir que Dios no existe y no hay vida después de la muerte. Al asumir que nuestra existencia es finita y temporal, aprovechamos más las oportunidades y apreciamos mejor la vida. Precisamente al contemplar que todo eventualmente se acabará, buscamos asegurarnos de que esta única vida que tenemos la vivimos al máximo, pues no hay otra oportunidad.
Pero, ¿cómo, exactamente, podemos sacar el máximo provecho a la vida? Quizás sea necesario reconocer que, sencillamente, no hay un sentido global para nuestra existencia. Después de todo, nuestra vida no es muy diferente de la del hombre que diariamente sube la roca a la colina, sólo para verla rodar hasta abajo. Pero, quizás sí podamos encontrar sentido a las pequeñas cosas que hacemos. Al final, todos buscamos el placer. Y, en función de esto, es plausible postular que el sentido de la vida es precisamente la búsqueda de placer.
Quizás nuestra justificación para no suicidarnos es, sencillamente, que vivimos para el placer. Es irrelevante si, eventualmente, todo se acabará. Una sesión de masajes no deja de ser placentera por el mero hecho de que ésta sólo dura una hora. Pero, en todo caso, conviene asumir una postura mucho más práctica. En vez de mortificarse demasiado con esta pregunta (la cual, si no respondemos a nuestra satisfacción, podría incluso llevarnos al suicidio), es mejor dedicarse a actividades diarias que nos resulten placenteras y, en cierto sentido, desvíen nuestra atención. Llevar una vida sana y diversificada parece suficiente. Quizás el sentido de la vida se encuentre en el estudio, el ejercicio, la caridad, la crianza de los hijos, la amistad, las artes, y tantas otras actividades que nos hagan pasar un buen momento.

jueves, 23 de diciembre de 2010

16. ¿Es posible la reencarnación?



Las experiencias déjà vu son muy frecuentes: a veces, alguien se encuentra en un lugar el cual está seguro de que jamás ha visitado, pero con todo, siente que ya ha vivido esa experiencia en alguna ocasión. O, también, algunas personas alegan tener memorias de eventos que, aparentemente, no les han sucedido. Muchas personas asumen esto como evidencia de que hemos tenido vidas pasadas; en otras palabras, hemos sido sometidos a ciclos de reencarnación. Al morir, el alma abandona ese cuerpo, y pasa a unirse al cuerpo de un recién nacido. Así, mediante la reencarnación, una persona transmigra de cuerpo en cuerpo.
Pero, ¿es siquiera posible la reencarnación? Al contemplar esta doctrina de cerca, observamos demasiados problemas como para aceptarla siquiera como posible. El problema fundamental es la cuestión de la identidad personal. ¿Bajo qué criterio podemos asegurar que una persona es la misma que una persona que vivió en el pasado? Los filósofos han dedicado mucha discusión a este asunto, pero básicamente han ofrecido dos alternativas. La primera es que, una persona conserva su identidad (es decir, sigue siendo la misma) si, y sólo si, conserva el mismo cuerpo. De hecho, es así como diariamente reconocemos a nuestros amigos y familiares: no intentamos reconocerlos mediante el examen de su personalidad, sino mediante alguna forma de reconocimiento facial o corporal. Bajo este criterio, la reencarnación es imposible, pues la persona que nace obviamente no tiene el mismo cuerpo que la persona de la cual, supuestamente, es una reencarnación.
Pero, otros filósofos han ofrecido una segunda alternativa: no es el cuerpo, sino la continuidad psicológica (es decir, la mente), el criterio por el cual una persona puede considerarse la ‘misma’. Supongamos, por ejemplo, que un agricultor analfabeta en pleno siglo XXI en Afganistán alega ser la reencarnación de Poncio Pilatos. Para respaldar su alegato, esta persona ofrece datos biográficos precisos sobre su supuesta vida pasada como el infame procurador romano. Estos datos no serían evidencia contundente, pues cualquiera puede consultar los evangelios o los escritos de historiadores para conocerlos
Pero, supongamos ahora que la supuesta reencarnación de Pilatos habla latín clásico fluido, y se corrobora que la persona en cuestión nunca había estado en contacto con la lengua latina. Y, supongamos más aún que la supuesta reencarnación de Pilatos ofrece las coordenadas precisas en Jerusalén para excavar un documento escrito por el procurador romano, en el cual narra su versión de la muerte de Jesús, junto a unos artefactos típicos de la época. Supongamos que los arqueólogos efectivamente descubren estos artefactos y corroboran su autenticidad correspondiente al período.
Un escenario como ése nos obligaría a pensar que algo extraño ocurre: ¿cómo un agricultor analfabeta sin haber tenido ningún contacto con extranjeros pudo haber hablado latín y conocido tan bien la vida de Pilatos, al punto de conocer detalles que los historiadores y arqueólogos no conocían, pero que corroboraron? Quizás, si alguna vez encontráremos un caso como ése, tendríamos que considerar la hipótesis de la reencarnación, y admitiríamos que la persona sería la misma, si y sólo si, conserva la continuidad psicológica, como en el hipotético caso de Pilatos y el agricultor afgano.
Y, si encontramos un caso en el que una persona exhibe continuidad psicológica con algún personaje del pasado, entonces podríamos estar justificados en pensar que se trata de la misma persona reencarnada.
Pero, pronto surge un problema. Regresemos al ejemplo del agricultor en Afganistán que alega recordar haber sido Poncio Pilatos. Supongamos que, simultáneamente, un pastor en Mozambique también alega haber sido Poncio Pilatos. Y, lo mismo que su contraparte en Afganistán, es capaz de hablar en latín, y nos ofrece las coordenadas de algún artefacto con una inscripción que dejó, ya no en Jerusalén, sino en Roma, y los arqueólogos corroboran su alegato. En este caso, ya no habría una, sino dos personas que simultáneamente alegan ser la reencarnación de Poncio Pilatos, y parecen ofrecer buena evidencia de ello. Pero, ambas personas no pueden ser la reencarnación de Poncio Pilatos, pues si así fuese, entonces en virtud de la propiedad transitiva de la identidad (si A es idéntico a B, y B es idéntico a C, entonces A debe ser idéntico a C), el agricultor afgano sería la misma persona que el pastor mozambiqueño, pero es evidente que no son la misma persona.
Esto debería conducirnos a pensar que, no importa cuán precisos sean los datos que una persona ofrezca respecto a su supuesta vida pasada, jamás guardará una relación de identidad personal respecto a la persona cuya vida alega recordar, pues la continuidad psicológica no es un criterio firme para la identidad personal, en tanto permite la posibilidad de que más de una persona alegue ser la misma. Y, en función de eso, ningún dato podrá interpretarse como respaldo de la hipótesis de la reencarnación; en otras palabras, la reencarnación parece imposible. Lo máximo que un caso como el del agricultor afgano puede sugerir es que existe una continuidad psicológica entre la persona ya fallecida, y la persona que alega recordar su vida; pero no una relación de identidad personal; en otras palabras, no sería la misma persona, y por ende, no estaríamos en presencia de una verdadera reencarnación.

15. ¿Todo es relativo?




¿Es esta imagen un conejo o un pato? Parece que cualquier respuesta será relativa. En muchas ocasiones, las discusiones no son agradables. Éstas pueden tornarse violentas, y en última instancia, el desacuerdo siempre genera más descontento que contento. En función de ello, siempre existe la tentación de ablandar un poco las discusiones invocando la idea de que nadie tiene la verdad en sus manos, y todo es relativo. En efecto, dos personas pueden discutir un tema y mostrar desacuerdo, pero al final, todo termina dependiendo según como se vea el asunto. A fin de cuentas, como escribió algún poeta, “en este mundo traidor, nada es verdad, nada es mentira, todo es según el cristal con que se mira”.
En otras palabras, todo es relativo, nada es absoluto. A esta doctrina se le suele llamar ‘relativismo’. Así, por ejemplo, si alguien cree que la Tierra es plana, eso no es necesariamente falso. Pues, la veracidad o falsedad de la creencia de que la Tierra es plana es en sí misma relativa. Igualmente, si una tribu practica el canibalismo, eso tampoco es necesariamente objetable, pues la moralidad de ese acto dependerá del contexto en el que se inscriba.
No obstante, haríamos bien en evitar esta forma de pensar. Pues, al postular que todo es relativo, incurrimos en una elemental contradicción. La contradicción es simple: si asumimos la consigna “todo es relativo”, entonces es relativo que todo sea relativo. Cuando se asume que no hay verdades absolutas, se está asumiendo que la proposición, “no hay verdades absolutas”, es absoluta en sí misma. Pero, si esa proposición es absoluta, entonces está contradiciendo al propio alegato según el cual no hay verdades absolutas.
Esto resulta parecido a lo que un joven revolucionario hacía cuando escribía sobre una pared “¡Prohibido prohibir!”. Si analizamos el grafiti en cuestión con algún detenimiento, resultará jocoso. Pues, el joven revolucionario está prohibiendo algo, pero al prohibir, está haciendo aquello que él mismo prohibió.
Algunos filósofos que postulan la idea de que todo es relativo, han defendido la postura según la cual “el hombre es la medida de todas las cosas”. El sentido exacto de esa frase no es totalmente claro, pero se esclarece con esta otra, que la complementa: “las cosas son para ti como existen para ti, y son para mí como existen para mí”. Así, estos filósofos parecen sugerir que, puesto que el hombre es la medida de todas las cosas, entonces no existe posibilidad de establecer un criterio objetivo y absoluto respecto el estado y la naturaleza de las cosas. Cada hombre tendría su verdad, en el sentido de que cada hombre es la medida de las cosas.
Pero, de nuevo, esto conduce a una contradicción. Pues, si las cosas que me parecen, así existen para mí, y las cosas que le parecen a alguien, así existen para él, entonces me parece que toda su doctrina es falsa. Y, es fácil ver que éste es el principal problema que debe enfrentar quien defienda la idea de que todo es relativo: si la verdad de las proposiciones es relativa a quien las enuncia, y por ende, ninguna proposición es absolutamente verdadera o falsa; entonces la misma proposición según la cual la verdad de las proposiciones no es absoluta, es en sí misma relativa. Y, en cuanto relativa, permite que su contraria, aquella proposición según la cual la verdad de las proposiciones sí es absoluta, sea verdadera.
En otras palabras, el relativismo se relativiza a sí mismo, y por ende, es una doctrina que, si es verdadera, entonces implica que es falsa. Si las cosas son verdaderas en la medida en que aparecen a cada quien, entonces si a alguien le parece que la doctrina relativista no es verdadera, puede asumir que esa doctrina es falsa. Pero, al asumir que el relativismo es falso, niega la premisa inicial según la cual las cosas son verdaderas en la medida en que aparen a cada quien.
Por ello, aunque resulte una postura atractiva en un inicio, conviene rechazarla firmemente. En todo caso, cuesta entender cómo una persona siquiera medianamente racional no pueda apreciar que es sencillamente falso que no hay verdades absolutas. Pensemos en una proposición tan elemental como: “2+2=4”; ¿acaso es relativo? ¿Bajo qué circunstancia podrá ser esa proposición falsa? En todos los mundos posibles, dos más dos siempre serán cuatro. No dependerá de cómo se vea.
Es hora de ir admitiendo que la idea de que no hay verdades absolutas es un dogma dañino. A simple vista, el relativismo aparece como una postura promotora de la paz: en tanto todo es relativo, cada quien tiene su verdad, y nadie está en necesidad de pelear por nada. Pero, visto con un poco más de suspicacia, el relativismo es en realidad una postura promotora de la idiotez. Si no hay verdades absolutas, no tiene sentido discutir sobre ningún tema. El diálogo presupone un intento de persuasión, pero precisamente, para persuadir es necesario partir de la convicción de que el punto de vista que intentamos defender es verdadero; y no sólo “verdadero para mí”, sino verdadero universalmente. Si no, estaremos intentando persuadir por el puro arte de persuadir, sin importar si realmente creemos en lo que enunciamos. En otras palabras, terminaremos siendo charlatanes.

14. ¿Qué se siente ser un murciélago?




A no ser que seas evangélico o musulmán, seguramente alguna vez te has emborrachado en tu vida. Observas el mundo un poco más lento, tus sensaciones ya no son las mismas, sientes mareos, y si de verdad has bebido mucho, incluso puedes empezar a decir disparates y tonterías. Sin duda, el consumo de alcohol altera dramáticamente las facultades mentales.
La explicación para esto es sencilla. Las bebidas alcohólicas tienen algunos componentes químicos que afectan el funcionamiento de las neuronas. Cuando bebes, la cerveza sube a la cabeza. En efecto, la ingesta de alcohol tiene un efecto casi inmediato sobre el cerebro y el sistema nervioso, y eso termina por alterar tu capacidad cognitiva y motora.
Por supuesto, el alcohol no es la única forma de alterar las neuronas. Un golpe fuerte en el cerebro te puede provocar amnesia. El Alzheimer es una enfermedad en la cual las neuronas se van degenerando, y el paciente va perdiendo casi todas sus facultades mentales. Incluso, hubo un trabajador ferroviario que tuvo un terrible accidente: le atravesaron parte del cerebro con un tubo, pero sorprendentemente, pareció resultar ileso. No obstante, al poco tiempo, este trabajador cambió radicalmente su personalidad: antes era una persona muy afable y colaboradora, después del accidente se convirtió en una persona perezosa y agresiva.
Todo esto parece indicar que la mente es lo mismo que el cerebro. Cada evento mental parece corresponderse con un evento cerebral. Cuando pensamos en una montaña, las neuronas se organizan de una manera; cuando deseamos comer un helado, las neuronas se organizan de otra manera. Los científicos no han hecho aún un mapa exhaustivo de la organización neuronal, pero sí han logrado correlacionar algunas zonas del cerebro con algunos tipos de sensaciones.
Pero, quizás la mente no sea propiamente idéntica al cerebro. Ciertamente la mente depende del cerebro, pero quizás sea algo más que meramente un conjunto de neuronas disparándose. De hecho, no parece que una plena descripción del comportamiento neuronal sea suficiente para poder inferir qué está pensando una persona. Pareciera que la mente tiene un añadido subjetivo al cual no puede accederse mediante descripciones científicas.
Pensemos en qué se siente ser un murciélago. Sabemos que los murciélagos no se guían por el sentido de la vista, sino por el oído. Emiten sonidos, y éstos, al rebotar en las paredes, generan ondas que permiten a los murciélagos ubicarse en el espacio. Gracias a esta explicación, entendemos cómo se mueven los murciélagos. Pero, ¿podemos realmente sentir lo que siente un murciélago cuando se mueve de esa manera? Pareciera que no. El ser murciélago lleva consigo un añadido subjetivo al cual no tenemos acceso. Sólo el murciélago sabe lo que se siente ser murciélago. Podemos comprender perfectamente el funcionamiento del sistema nervioso del murciélago, pero eso no es suficiente como para poder conocer su experiencia mental. Por ello, quizás parte de la experiencia mental de ser murciélago no está inscrita en la organización del cerebro.
También podemos pensar en una mujer muy talentosa que vive encerrada en un mundo de colores blanco, negro y tonalidades de gris. Esta mujer es una erudita, y conoce gracias a la lectura de libros todo lo que se puede conocer sobre el funcionamiento de la vista y las cualidades físicas del color. Un buen día ella sale de ese mundo de blanco y negro, y experimenta por primera vez el color. ¿Habrá experimentado algo nuevo?
Todo pareciera indicar que, en efecto, al salir al mundo en color, sí habrá experimentado algo nuevo, a pesar de que ella tenía conocimiento exhaustivo respecto a los procesos físicos que rigen la percepción del color. De nuevo, esto parece indicativo de que la experiencia mental no es reducible al cerebro. Podemos conocer exhaustivamente cómo se comportan las neuronas en una situación determinada, pero eso no es suficiente como para realmente saber cómo se vive esa experiencia. Ese añadido de la experiencia mental es alguna propiedad no física, la cual hace posible a la subjetividad. Gracias a ello, la mente es una experiencia privada al cual las otras personas no parecen tener acceso directo, ni siquiera si conocen exhaustivamente el comportamiento de las neuronas.
Pero, en todo esto, hay espacio para la duda. Quizás la mujer que vivía en un mundo de blanco y negro pero que conocía todos los procesos físicos sobre el color, no experimentó nada nuevo cuando salió al mundo de colores. Si realmente conocía exhaustivamente todo lo que se puede conocer teóricamente sobre los procesos físicos que gobiernan el color, entonces esa mujer ya conocía lo que se siente ver el color.
Lo mismo aplica al murciélago. Si realmente alcanzáremos un conocimiento exhaustivo sobre el funcionamiento del sistema nervioso del murciélago, entonces sabremos qué se siente ser un murciélago. Bajo esta perspectiva, la mente no es una experiencia subjetiva al cual las otras personas no tienen acceso: una descripción exhaustiva de las neuronas de una persona sería suficiente como para saber qué está pensando. Como muchas otras preguntas filosóficas, esto sigue siendo una cuestión muy debatida.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

13. ¿Hay vida extraterrestre inteligente?




La vida en las ciudades tiene ventajas, pero también desventajas. Hace apenas siglo y medio, el alumbrado público era precario; hoy, la vida nocturna pulula en las grandes ciudades, gracias a la iluminación. Pero, una de las desventajas de la iluminación nocturna es el no poder contemplar la claridad de un cielo estrellado. La simple observación de cielo estrellado nos permite pensar sobre lo vasto que resulta el universo. Apenas vivimos en un planeta que está inscrito en un sistema que orbita en torno a una estrella (el sol); a su vez, este sistema solar está inscrito en una galaxia que está conformada por cientos de millones de estrellas ; y a su vez, los científicos calculan que existen alrededor de cien billones (mil millones) de galaxias. Nuestra existencia es diminuta, al comparar las dimensiones del universo.
Esto parece motivo suficiente para suponer que, en un universo tan vasto, debe haber formas de vida inteligente en algún otro rincón. Tentativamente, podemos intentar calcular el número de civilizaciones extraterrestres que existen actualmente en nuestra galaxia. Consideremos, en primer término, el número de estrellas que hay en la galaxia. De ese número de estrellas, consideremos la fracción que tiene planetas a su alrededor, y a la vez, consideremos el número promedio de planetas que orbitan en torno a una estrella. Esto nos permitirá aproximarnos al número de planetas en la galaxia. De ese número de planetas, consideremos la fracción que puede albergar condiciones favorables a la vida. De ese número, consideremos la fracción en la que, en efecto, surge la vida. De ese número, consideremos la fracción en la que la vida alcanza un nivel evolutivo con inteligencia. De ese número, consideremos la fracción en la que la vida inteligente alcanza un nivel civilizatorio para comunicarse con otras civilizaciones en otros lugares de la galaxia. Y, por último, consideremos la cantidad de tiempo de existencia de esas hipotéticas civilizaciones.
El problema con estas consideraciones es que no conocemos bien esos números, y si bien esta manera de proceder sirve para organizar nuestro pensamiento sobre las posibilidades de vida inteligente extraterrestre, por ahora sólo podemos especular. Dependiendo de cómo calculemos esos términos, podemos concluir que actualmente existen millones de civilizaciones extraterrestres, pero también podemos concluir que somos los únicos seres inteligentes en el universo. De hecho, los cálculos de los científicos oscilan entre esas dos posibilidades.
Probablemente debido a la exploración espacial de las últimas décadas, y al interés que los ciudadanos comunes tienen en las posibilidades de vida extraterrestre, ha pululado una mitología según la cual, los extraterrestres ya nos han visitado. Algunas personas alegan haber tenido encuentros desagradables con extraterrestres (supuestamente, estas personas han sufrido experimentos sexuales a manos de los alienígenas); otros alegan que los extraterrestres han dejado evidencia de sus visitas en sitios arqueológicos. Nada de esto es creíble por una persona racional. Hasta ahora, no hay ninguna evidencia de vida extraterrestre.
Pero, con esto, enfrentamos una aparente paradoja. Si el universo es tan vasto, y según hemos visto, una consideración de los términos nos permite una especulación optimista respecto a las posibilidades de vida inteligente extraterrestre, entonces, ¿dónde están los alienígenas? La paradoja procede de la incompatibilidad entre un inmenso universo con aparentemente muchas probabilidades de albergar muchas civilizaciones extraterrestres, y el hecho de que, hasta donde observamos, somos los únicos seres inteligentes en el universo. Podemos recurrir a varias hipótesis para resolver esta paradoja.
Quizás las probabilidades de que surja vida en un planeta sean bajísimas, y nosotros hemos sido los afortunados. O, si no, quizás las probabilidades de que la vida alcance un nivel avanzado de inteligencia son muy bajas, y de nuevo, nosotros hemos sido los afortunados. Quizás, de forma trágica, las civilizaciones no tienen un largo periodo de duración, y se extinguen antes de poder establecer contacto con otras civilizaciones. El final de la civilización podría deberse a las amenazas de catástrofes naturales o, peor aún, la autodestrucción. En ese caso, nuestro futuro no sería muy esperanzador.
Quizás hay vida inteligente extraterrestre, pero estos seres han alcanzado tal nivel de avance tecnológico, que no tienen interés en contactarnos. O, si no, quizás ya nos estén observando antes de decidirse a interactuar con nosotros; en otras palabras, nosotros estaríamos en una especie de zoológico en el cual ellos serían los observadores. También podría ser que los alienígenas no nos contacten, por temor a las consecuencias (guerras, epidemias, etc.).
Quizás los extraterrestres nos envíen señales de su existencia, y nosotros no las hemos sabido interpretar. Puesto que no sabemos cuál forma de lenguaje emplearían los extraterrestres para comunicarse con nosotros, hemos de presumir que las primeras formas de contacto serían en algún lenguaje universal, preferiblemente, el de la matemática (por ejemplo, enviarían señales radiofónicas con la secuencia de los números primos). Por ahora, sólo podemos especular.